Primer intento para la clase de literatura y creación
del profesor Isaías Peña, escrito por Diana Cepeda.
Tema: La metaficción y metaliteratura.

Ensueño Epistolar.

Zelda vivía en Francia, tenía un gato en su apartamento y trabajaba para un periódico.
Tenía un novio llamado Charles, pasaba los días a su lado, tranquilamente. Su amor era una brisa que la abrazaba suavemente y acariciaba las mejillas durante el atardecer. Charles era odontólogo, tenía ojos marrón, era tierno y romántico, y siempre estaba atento a sus necesidades, a sus tristezas y a su amor.

Francia era un lugar más en el mapamundi hasta que Charles se propuso llevar a Zelda allá. Él ya conocía el país, la cultura y el idioma, Zelda ni siquiera sabía decir “bonjour”, luego fue ella quien más amó aquel lugar.

Su vida era buena, sin afanes, sin miedos, sin dudas, todo era así, la vida pasaba sosegadamente y Zelda la disfrutaba hasta aquellos días donde ella pensaba que nada podía ser mejor.

Por momentos, Zelda creía que estaba loca, pero trataba de no darle relevancia. A ratos le parecía algo inverosímil, y a otros no entendía bien las cosas, le costaba comprender situaciones y verse en medio de ellas.

El problema, básicamente, era un hombre llamado Walter. Mal llamado hombre, ya que Zelda no sabía si era una persona, una criatura, un engendro o algo que simplemente se presentaba en las noches en sus sueños y hacía que ella dudara de la realidad. Zelda disfrutaba del dormir porque el dormir venía con el sueño y el sueño con él, con Walter y sus palabras de fortaleza, equilibrando su locura, Walter y su compañía, sus ojos curiosos, su terso tacto y su fuerte pecho.

Lo malo no era dormir, lo malo era despertar, porque ella sabía que ese sueño era simplemente un sueño. Entonces Zelda amanecía con la sensación de que esta vida no era de ella, de que la vida que vivía era una vida prestada, de que las cosas que le pasaban no le pasaban a ella, sino que pertenecían a una realidad ajena, pero que había algo que extrañamente la conectaba, detalles propios, que en vez de aclararle el pensamiento lo único que lograban era confundirla.

Su vida pasaba en medio de un idilio de amor, cariño por su trabajo y pasión por su locura. Así iba, hasta una tarde en que recibió un paquete de cartas. Estas aparecieron en su puerta sin nada que indicara su proveniencia. Eran muchas y parecían cartas de amor, la caligrafía se le hizo conocida, lucía como su propia letra y las palabras que usaba eran palabras usadas por ella. Cada carta era una narración de Zelda, las cartas hablaban de Walter y de ella, hablaban de las tardes que habían pasado juntos, de los lugares donde habían viajado y del amor con que se habían tratado.

Zelda nunca le había contado a nadie de sus sueños, nadie además de ella sabía de Walter, ¿quien podría jugarle una broma de estas? ¿cómo habrían podido saber lo que ella piensa, como escribe o lo que sueña?
A menos que lo que ella soñaba fuera cierto no había explicación alguna para esto. Zelda esperó la noche, esperó soñar para preguntar pero Walter no apareció, y ella no supo si en realidad no lo soñó. Así pasaron los siguientes días, entre cartas muy personales y melancolía; temor de no saber si esa historia pasó y la memoria no le permitía recordarla, temor de pensar en Walter y su paradero y esa necesidad de manifestarse en sus sueños, tal vez para pedirle ayuda o tal vez para recapitular su amor.

En cada carta ella se veía reflejada, leía su historia en ellas, como si alguien que no era ella le narrara la vida que ella vivió. Fueron muchas cartas, no sólo de ella sino de Walter donde contaban cómo fue su historia de amor. Pero después de tanto leerlas, el recuerdo de Walter fue real y ella finalmente pudo recordar.

Primero durmió, luego despertó más tranquila, se encontró en su cuarto, sola con su gato Charles, rodeada de papeles por doquier. Reunió las cartas que ella misma había escrito y las puso al lado de las de Walter, escritas por ella también, sirvió un trago de whisky y siguió escribiendo su próximo guión.

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