Diana Cepeda Estudiante de Creación Literaria
Profesor Jairo restrepo Galeano
Universidad Central
Mito, rito y creación
26 de febrero 2016

¿Alguien es capaz de definir lo que es ser un buen superhéroe?

Muchas veces no basta con tener superpoderes, tener un bonito traje o tener un grupo de amigos que simulen la liga de la justicia. Además de esto, hay que creer que no se es un superhéroe, en mi caso, creo ser una persona normal, y eso es lo que creen los demás.
Mi nombre es Nancy, en las mañanas trabajo para un laboratorio, las tardes las dedico a la universidad y los fines duermo hasta donde puedo.

Mi rutina es siempre la misma, me levanto, arreglo, como, trabajo, vuelvo a comer, estudio y nuevamente como, así termina el día.
Casi todos los días son así pero las noches son diferentes. A veces me gusta salir a caminar, ver a la gente pasar en los buses, me gusta pasear por los tejados y ver las luces de la ciudad titilando como luciérnagas en el bosque.

Siempre quise ser un superhéroe, y no sé si fue mi deseo, o si es algo mental, o algún malestar de alma pero, hay algo en mí que no me permite estar en casa en las noches, algo que no me deja dormir y hace que salga a buscar algo que nunca sé que es. Mis días pueden ser completamente ordinarios pero ninguna de mis noches es igual.
No tengo grandes superpoderes, yo prefiero llamarle habilidades: soy rápida, puedo saltar desde lo alto, tengo muy buen olfato y lo mejor de todo puedo hablar con los gatos, de hecho, soy un gato, algo humano.

Hoy es jueves en la noche, mi mejor amigo Frank ha llegado a visitarme.
—Hola Nancy, ¿cómo va todo? traje comida, para compartir.— dice.
Yo le respondo que vayamos al grano. Esta mañana lo llamé y le rogué que viniera porque necesitaba contarle algo, quería que me escuchara atentamente, sin importar si me creía o no, así que le pedí que se sentara y prestara atención.
— Pasa lo siguiente:
El martes, saqué a unos caninos de una perrera, llegué allá por casualidad, en uno de esos paseos nocturnos que sabes suelo hacer, yo creí que iban a estar contentos ¿quién no quiere estar libre, no? pero no sé porqué empezaron a seguirme y luego a corretearme, tengo que dejar de salir con tantos gatos o esconderme las orejas y la cola.
Esa noche además de eso, no pasó nada más, me acosté a dormir y al día siguiente, o sea ayer, me levanté a hacer lo mismo que hago todos los días, con la mínima diferencia de que abrí una ventana y asomé mi cara para recibir un poco de sol de la mañana.

En ese momento algo me tomó del cuello y me sentí asfixiada, no encontraba la mano que me estaba ahorcando ni una cara para rasguñarla, lo que sea que fuera me estaba halando hacia el cielo y cuando pude abrir los ojos lo único que vi fue a un mono blanco con el pecho café y parte de los brazos también, su tamaño era la mitad del mío pero tuvo suficiente fuerza para aguantar mi peso.
Cuando menos pensé estaba sobre el techo de mi casa, y no era de noche, no me gusta ver la ciudad de día, el tejado se ve sucio también. Cuando me tuvo allí sentada me dijo:
—¿Eres tú la tal Nancy?
Y yo, un poco ofuscada le respondí que no, que qué quería y para qué la buscaba, no entendía por qué había tenido que halarme así. Entonces el simio me dijo lo siguiente:
—Sé que eres Nancy, unos perros me hablaron de ti la noche pasada. Verás, no hiciste mal en liberarlos pero, arruinaste una buena trampa, por eso no estaban contentos contigo después de eso. Me dijeron que quisieron buscarte pero no te encontraron, ellos no pueden subir por los tejados, por eso estoy aquí.
—Yo no huí, tenía más cosas por hacer —dije yo algo sonrojada, porque en realidad sí había huido, me espanté con tantos perros bravos y sueltos.
—Ahora, necesitamos de ti…
Cuando me iba a decir lo siguiente pasó un ave parecida a un dinosaurio, con grandes alas y olor a pescado y me alzó con sus garras, y de repente el simio era un punto blanco pequeño sobre el sucio tejado, ya casi no podía verlo porque las nubes no me dejaban. Sorprendida y un poco pasmada detallaba a ese extraño pájaro, que más bien parecía un lagarto con alas.
—¿A donde me llevas?—pregunté
—A la casa de Murray. —respondió apáticamente.
—¿Bill Murray? —dije riendo y en un tono burlón.
—Si —dijo el pájaro lagarto — deberías agradecer que te libré de ese sifaka traidor.

Llegamos a una casa grande, más que casa era una especie de taller o laboratorio, parecía falso, de ensueño, habían muchos modelos de carros e inventos.
Al entrar me abrió la puerta un ¡stegosaurus! ya nada más podría sorprenderme.
— ¿Monos, pájaros reptiles y dinosaurios? — dijo Frank — ¿qué clase de sueño es ese? Lo miré sin hacer ningún gesto y continué.
Siempre he querido tener un laboratorio así. Eso pensaba mientras examinaba cada cosa que estaba señalada, zapatos para masajear los pies trotando, gafas para no ver la mala ortografía, plastilina que se vuelve comida y lo que más me gustó fueron las gotas para convertir el sueño en energía. ¿Qué más podría inventar yo si tuviera un lugar así?
Mis pensamientos y sueños fueron interrumpidos por unas fuertes pisotadas que hacían temblar toda la casa, sonaba como una manada de elefantes, nunca he escuchado alguna pero creería que así debe sonar.

Ahí estaban, un stegosaurus, el pájaro reptil y otros dos dinosaurios que no sé qué raza eran, me ofrecieron algo que sabía a pasto, ya que no comían enlatados. Me contaron sin entrar en detalles, que el Sr Bill era un gran científico y que uno de sus grandes inventos había sido una máquina para viajar en el tiempo, por medio de ella había logrado salvarlos de la extinción y ellos estaban muy agradecidos. Ahora, la máquina había fallado y de uno de esos viajes en el tiempo
sólo pudo volver el Pterosaurios, (así le llamaron al pájaro reptil —así que eso era un dinosaurio, —pensé) quedando así el Sr Bill en el pasado. Por eso necesitaban urgentemente mi ayuda, ya que habían oído hablar de mis pequeñas hazañas y conocían también mi pasión por la ciencia, así que terminé siendo la persona apropiada para dicha misión.

Pero por más ágil e intrépida que yo sea yo sabía que nunca podría hacer algo así, y por más que me negué y me negué a una aventura tan desconocida como esta, terminé accediendo y después de un pequeño mantenimiento fue posible hacer mover una de esas viejas máquinas del tiempo.
Los dinosaurios sabían cómo se usaba, pero no cabían en ella. Con su ayuda logramos encenderla.

Llegué a New York diez años antes del 2016, allí la gente era muy curiosa y excéntrica, no sentía miedo, me sentía contenta de estar ahí, podía mostrar orgullosamente mi cola moviéndola de lado a lado, y no me causaba alarma exhibir mis orejas porque la gente que había al rededor mío era mucho más extravagante que yo.
Caminé por muchas calles en busca del profesor, en medio de esa búsqueda encontré a un panda que estaba perdido, le conté toda la historia y di con la casualidad de que él había conocido al Sr Bill Murray.
—¿Dónde lo viste?—pregunté.
—No puedo pensar perdido, no puedo pensar con hambre —respondió el panda— vamos por comida y te voy contando.

Y así fuimos caminando y hablando, me contó que estaba perdido y no sabía dónde estaba su mamá. Conseguí comida para él y mientras nos sentamos a comer en la calle vi en una de esas pantallas inmensas un programa donde mostraban a un panda y a personas de un Zoológico llorando, supuse que lo estaban buscando a él así que tomé los datos e inicié la búsqueda de su hogar.

Pasé por más de diez zoológicos y en ninguno estaba su madre, nadie quería a este oso panda, no entiendo por qué. Tuve que cargarlo, arrullarlo y abrazarlo, y él, un poco más consolado me dijo que el Sr Bill había estado cerca a su zoológico, que antes de que él se perdiera estaba buscando a un unicornio y que no hacía más sino hablar de recetas de pizza. —Ya está me dije— entonces, busqué pizzerías ubicadas al lado de zoológicos y caminé con el panda a mi espalda como si fuera un peluche, hasta que finalmente di con la pizzería y el zoológico. El panda se quedó con su madre y yo quedé desilusionada al saber que el Sr. Murray se había ido ese día de ahí.

Sin más pistas que la charla con un panda llorón, me subí a la máquina del tiempo y puse la fecha en la que estaba el día que esto inició, pero olvidé que la maquina estaba algo dañada y terminé en período Jurásico: —woow—pensé, ¿qué voy a hacer acá?
Resignada salí de la máquina, la dejé bien escondida y salí a buscar con mi nariz algo que oliera parecido al Sr. Bill.
La tierra temblaba constantemente, por doquier se sentían grandes pisotadas de grandes animales. Y en medio de todos estos reptiles verdes y marrones un pelaje blanco y una cabellera azul me llamó la atención. Era un unicornio, no sabía si era el que yo buscaba, sin embargo, me acerqué a él y le dije:
—¿No te sientes raro en medio de tantos dinosaurios?
—Rara una gata hablando con un unicornio, ¿no? —respondió odiosamente. —Mira lindo unicornio, estoy buscando al Sr. Bill ¿lo conoces?
—Claro que lo conozco, se robó mis galletas —dijo—¿lo buscas? yo puedo ayudarte pero debes garantizarme que me devolverán mis galletas.

Y así nada más ya estaba comprometida nuevamente en otra cosa. Le hice caso al unicornio, dijo que las galletas debían estar en lo alto de una montaña y si ahí estaban ahí también debía estar el Sr. Bill. Trepar edificios nunca había sido difícil pero jamás había trepado una montaña. Empecé muy enérgicamente, sentía en mi esa bella habilidad viva, lo salvaje en mí pero a medida que iba avanzando me iba cansando, mis pobres garras ya me dolían y hacía mucho sol. Una de mis patas resbaló con una roca y por poco caigo desde tan alto, pero gracias a una nueva mano desconocida no caí. Era un tierno Stegosaurus no muy mayor, se parecía mucho al de la casa del Sr. Bill, era muy amable y fue divertido hablar con él, le conté de mi viaje, del panda y del unicornio y de esta eterna búsqueda del Sr. Bill. Entonces me preguntó:
—¿Buscas a Murray?¿Bill Murray el de las pizzas?
—Ese mismo—respondí suponiendo porque no entendía bien ese detalle.
—Yo sé donde está— me dijo y acompaño a la cima.

Pero allí no encontramos ni galletas ni al profesor, pero sí un par de pizzas calientes. Bajar de allí fue muy fácil, corriendo al lado de un dinosaurio y compitiendo valocidad. En la base de la montaña me esperaba el unicornio, sus ojos brillaron cuando vieron las pizzas. —¡Galletas!—exclamó.
Yo lo vi frustradamente y supe que no sabía nada del Sr. Bill. A pesar de esto se unió a nuestro camino y acompañó hasta la casa del pequeño Stegosaurus.
La casa tenía un olor parecido a la pizza y esto me motivó mucho y claro, al unicornio también. Entramos y había un Stegosaurus gigante preparando algo similar a una pizza vegetariana. Yo busqué al Sr. Bill Murray por todo lado pero no lo vi y una vez más iba a irme resignada, pero el Stegosaurus pequeño me dijo:
—Mira, acá está quien estabas buscando.
Yo vi a un hombre flaco, más o menos treinta años, cabello negro y ropa ajustada. Pensé, este no es Bill Murray, he visto muchas películas de él y sé cómo es, este señor no es.
Entonces el supuesto Bill Murray se acercó y dijo:
—¿Me estás buscando?
En eso el unicornio lo vio y se acercó a él y lo regañó por haberle robado sus galletas, ya que venía viajando desde otros lados sólo por comerlas y el supuesto Sr. Bill dijo:
—Tú te robaste mi pizza y yo no conocía muy bien esa receta, debía buscar las pizzas y ponerlas en un lugar seguro, llegué acá por tu culpa, y si las dejé sobre la montaña fue para evitar que las comieras porque ya tengo la receta pero preferí dejarle esos pedazos a cualquiera que pasara.
El unicornio indignado se fue, y yo seguía sin entender qué estaba pasando. Por lo tanto le pregunté: —¿Es usted Bill Murray, el actor? Él soltó una fuerte carcajada y dijo:
—Noooooo, al parecer conociste a mi amigo el Pterosaurios a quien le gusta alardear que es amigo de un actor famoso, yo soy simplemente un inventor.
En medio de tanta confusión pude finalmente alegrarme, así que no era un actor, ¡era un profesor! ¡un científico! ¡un inventor!
—Frank, ¿me estás escuchando?— dije moviéndole el brazo. —Si si si— respondió medio despierto —continua.

En medio del viaje de vuelta, y con la bien configurada máquina del Sr. Bill fuimos hablando de nuestras vidas. Resultó ser que él también es un superhéroe, con un nombre poco común “Superpizza” su superpoder era combatir a los malos con mucha y deliciosa pizza; además de ser inventor, le encantaba la cocina y viajaba por el tiempo y el mundo en busca de nuevos sabores. El problema con su máquina era que solo le permitía viajar al pasado, había quedado bloqueada para regresar al futuro, por eso usamos la que yo había arreglado.

Cuando llegamos al año 2016 después de haber charlado durante millones de años, entramos a la casa del Sr. Bill y nos encontramos con algo inesperado: El sifaka tenía amordazados a todos los dinosaurios y fue ahí cuando me enteré de que SuperPizza y él habían sido amigos en otra época pero, desde el momento en que el Sr. Bill empezó a viajar por el tiempo dejó de prestarle atención y se enfocó en los dinosaurios y al blanco sifaka sólo le daba los pedazos de pizza más pequeños, o eso era lo que él discutía.
—¿Quieres saber lo que en verdad pasó la noche de la perrera?—me preguntó.
—Claro—dije yo.
—Los perros callejeros estaban esperando a Superpizza. Todos habían planeado ese encierro para que luego apareciera un perro “héroe” y atacara a Superpizza y mientras tanto ellos podrían comer toda la pizza del mundo.
No contaban con que Superpizza no había podido ir esa noche por el problema con su máquina del tiempo.
—…De esta manera llegué a tu casa al otro día—continuo— porque pretendía hacer el mismo show de la noche anterior con los perros pero ésta vez debías ser tú, Nancy quien haría el papel de mala y habrías tenido que ganarle a Superpizza y nosotros a cambio de eso te daríamos mucha pizza.
El Sr. Bill y yo quedamos callados, a punto de soltar una inmensa carcajada, pero no lo hicimos. Entonces hablé yo:
—¿Has notado lo pequeño que es tu estómago? Es más pequeño que el de un dinosaurio.
El sifaka bajó su cabeza y soltó a los dinosaurios.
—No te preocupes, Superpizza hará una pizza enorme para ti, ¿ok?— le dije. Luego se abrazaron y comieron mucha pizza.
Ya era de noche y Superpizza me trajo de vuelta a casa.
—Y esa es la historia Frank.
Y Frank se quedó dormido y yo no sé si él creyó o no mi historia.

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